Hoy no tengo extravagantes y exóticas histórias que contaros. Hoy sólamente voy a escribir algo sencillo pero, al menos para mí, precioso.

Ayer por la noche, cuando volvía del “Chill Out Lounge” a mi cabañita de bambú, había dos visitantes en el porche. Uno de ellos, una araña, que no voy a describiros porque no creo que sea relevante, a pesar de que era gorda la jodida, no así de las peludas al menos, que si no me veía durmiendo en la playa.

El segundo era una mariposa, preciosa, que revoloteaba alrededor de la bombilla. Hasta aquí todo normal, pues no me voy a emocionar cada vez que veo una jodida mariposa rodeado como estoy de jungla y natulaleza. Lo curioso es que el bichito, tan pronto como abrí la puerta se aposentó en la habitación, sin que hubiera manera de echarla, ni intentando asustarla, ni abriendo la puerta y apagando las luces… nada. Se posó en el techo, justo encima de la cama, donde pudiera verla bien y así maldormí anoche, ya que rompí la regla de oro de todo viajante a la India y me tomé un par de mojitos cargados de hielo… ya, sí, lo sé… pero mira, uno se confía y… pam. Diarrea al canto.

El bichito todavia estaba allí cuando volví esta tarde de tomarme una agüita con lima exprimida el “Café del Mar”, ésta vez en la pared y revoloteando la bombilla, incluso extendí la mano y se posó en ellla, dejándome acariciar sus alitas aterciopeladas. Le he echado una fotillo ya que hoy sí se ha prestado a ello, espero que se vea lo suficiéntemente clara.

También os dejo las últimas fotitos que saqué ayer cuando intenté perderme en la playa esa negra que en teoría estaba desierta. Pero que va, así que eché las fotos y volví.

Espero que os haya gustado el post.

Un abrazo y hasta la próxima.

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