En la terraza de “Café del Mar”, con música étnica árabe, tibetana e hindú, escribo estas palabras.

Esta mañana he practicado el seguir mi Karma y me lancé a caminar sin ningún rumbo fijo, dejándome llevar por el viento, y he aprendido que es cierto que el miedo es la barrera que impide dejarse llevar, ya que, a pesar de que la naturaleza me ha obsequiado con un signo de que iba bién encaminado, un coco que tuve que abrir yo mismo, para así probar la leche de coco por primera vez, densa, espesa y tibia, tuve miedo de continuar hasta el camino que me llevaría a las escaleras que me conducirían de nuevo a la aldea de la cima del acantilado.  Y es por esta razón, por mi miedo a no encontrar la manera de subir, que acabé subiendo por una peligrosa y resbaladiza pendiente del barranco, apenas dos metros por detras de donde, más tarde descubrí, se encontraban las angostas, sin embargo seguras escaleras que me llevarían al mismo punto de destino.

¿Será así la vida? Decidir tomar el primer camino, aunque más angosto y peligroso, para luego darme cuenta que sólamente de haber tenido un poco más de fé en los pasos a donde me lleva el destino habría encontrado el camino seguro y más fácil.

Por esta vez, para esta parábola aprendí la lección y descubrí el camino para la próxima vez. Sin embargo, hay veces que en la vida la meta no se repite, y por lo tanto no tiene sentido haver visto el camino fácil, ofrecido por el destino, ya a punto de haber llegado al final.

Diría que la moraleja de todo ésto es que conformarse con lo que pensamos es lo que nos corresponde por nuestra situación y asumimos es el “menos malo” no es más que el fruto de nuestro miedo e impaciéncia y que el que aprende a dejarse llevar por su karma aprende a tomar los caminos seguros y sencillos, que aunque también angostos, nos ahorrarán el sufrimiento y riesgo del anterior y nos hará llegar a la meta que realmente deseamos. El momento de detenerse no es cuando estamos hartos de caminar sinò cuando se ha encontrado lo que se busca de una manera accesible y segura.

Y volviendo al mundo real, la suerte me ha vuelto a golpear de lleno en la cara. He encontrado, por el mismo précio que pagaba por la habitación, una cabaña de madera preciosa, de la cuál os dejo algunas fotos, con espacio para poner mis cosas, aunque sacrificando la mesita contra la pared para escribir con el ordenador, cosa que sin embargo, no me molesta en absoluto ya que prefiero escribir tomando un buén café en la terracita de éste local.

También he encontrado algo increíble para aquí, un sitio que queda habierto toda la noche. Es un restaurante que se llama “Chill Out” y que queda apartado del vorde del acantilado que da a la playa y se accede por un caminito hacia el interior.

Después de las doce, cierran el restaurante y bajan o paran la música y queda abierta la parte de atrás que consiste en unas mesitas bajas al estilo tailandés rodeadas de unos sofás a ran de suelo. Algunos locales se traen la guitarra y el djambé y aderezan un poco el ambiente con alguna canción de los Beatles o de Bob marley, al más puro estilo comuna hippye.

Le he echado un par de fotos que, aunque han quedado un poco oscuras por no querer usar el flash para no romper la atmósfera, creo que se verán un poquito y así podréis haceros una idea.

Un abrazo y hasta la próxima.

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